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El
Diario Vasco, 10-4-07
ELADIO
DE JUAN REMONTA EL AMAZONAS Y GANA PREMIOS DE CALIGRAFÍA A SUS 94 AÑO
«Aprendí
a echar la caña en el Mato Grosso. Y en mi Zumarraga, a usar la webcam y el
ratón
Es
un gran calígrafo. Tanto que ha sido nombrado con honores en el concurso de
Tamayo, la boutique del papel. Viudo de una gran dama, Socorro, ha vivido mil
vidas
BEGOÑA
DEL TESO/
Habrá vuelto ya de sus vacaciones de Semana
Santa. Las ha pasado, con su familia, en su pueblo de origen, Barbadillo de los
Herreros. Allí tienen casa y tierras. Allá tuvo su padre fábrica de sillas.
Allí matrimonió con Socorro. Allí nacieron sus hijos. Allí su padre le enseñó a
caligrafíar la redondilla. Y su maestro, don Leandro, la gótica. De allí se nos
vino cuando tenía 42 años.
- Felicidades, sus trabajos en letra redondilla son increíbles.
- Gracias. Yo creo que la redondilla me sale muy bien porque es la que me
enseñó mi padre. Claro que no puedo olvidar a mi maestro. Él me puso a
practicar las otras caligrafías: gótica, ingles, bastardilla.
- ¿Recuerda cómo se llamaba su maestro calígrafo?
- Yo te diría que nadie olvida el nombre de aquellos maestros de pueblo. Don
Leandro se llamaba. Don Leandro Ezquerro.
- Dicen que tiene usted siempre un diccionario en la cocina, abierto.
- Uno no, tengo cuatro. El diccionario es mi libro favorito, casi el de
cabecera. No leo el periódico sin tenerlo cerca.
- ¿Cuál usa? ¿El de la Real Academia?
- Me manejo más con el Espasa.
- A mí el Espasa me fascina.
- Es la gran enciclopedia.
- Y un hombre que como usted ha escrito, editado y puesto a la venta sus
memorias en las librerías de Zumarraga, ¿necesita aún de los diccionarios?
- Siempre, siempre, siempre. No fui mucho a la escuela. Ni tuve otra
universidad que la vida misma. No pude, por ejemplo, aprender euskkera porque
cuando vine a Gipuzkoa, en 1953, no estaban las cosas como para aprenderlo. Mis
nietos lo hablan, mis hijos lo entienden. A mí me gusta oírlo. Pero me pasa
igual que con el ratón, ya no me queda tanto tiempo como para dominarlo.
- ¿Ratón? ¿Quiere ser domador de roedores ohablamos de la red?
- De internet mujer, de internet. Es una auténtica maravilla.
- Fíjese, malpensaba yo que a su edad, esos avances tecnológicos le darían
cierto repelús.
- Para nada, es que para nada. En mis 94 años he visto transformarse el mundo
de una manera impresionante, espléndida. Para mí, el ordenador es una
bendición. Tengo hijos en Brasil y una nieta haciendo el doctorado en
Salamanca. Hemos conectado a la computadora una web cam y les veo todos los
días. Les veo, charlamos, sigo sus avances en los estudios. Y en la vida. Es,
lo dicho, una bendición.
- 94 años. Conozco gente de su edad que piensan que han vivido demasiado, que
la vida cansa.
- Jamás diré yo eso. Para mí, llegar a los 94 representa un privilegio. He sido
feliz. A pesar de los horrores de la Guerra. Tuve una gran compañera. Y ahora
escribo mis aventuras en el Mato Grosso.
- ¿El estado brasileño de la madera, el oro y la caña de azúcar?
- He viajado mucho por allá. Hemos remontado el Amazonas. Vivimos largas
temporadas en Brasil. Te diré que yo aprendí a echar la caña en el Río Negro.
- Ya había oído yo que usted era un buen pescador.
- Gracias pero antes de ir a Brasil yo pescaba con mosca y otras martingalas.
Fue allá donde me enseñaron a lanzar el sedal.
- Los peces del Río Negro serán...
- Increíbles. Luchadores a muerte. Grandes. Peligrosos como las pirañas. ¿Sabes
otra cosa? Tengo unas 280 horas de vuelo.
- No me diga que es usted piloto.
- No, por Dios. Pero es que las distancias en Brasil son tan portentosas que te
desploazas mucho en avión. Yo te diría que he estado incluso en las tierras del
mítico Dorado. Lo que sí te aseguro es que hemos alcanzado la frontera con
Bolivia.
- Júrenos que nos lo contará todo en su proximo libro.
- En ello estoy, palabra.
- Dicen que no se le ve mucho por el Hogar del Jubilado. Lógico, no le quedan
horas.
- Justo. Un cafecito y fuera. No sé cocinar así que como con la
familia. Pero dormir, duermo en mi casa. Quiero mantenerme por siempre
independiente.
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